
Mario Milanesio, en «Ciudad de Dios»: “Lo que generaba Maradona era incomparable”

José Daniel Valencia, uno de los mayores ídolos de la historia de Talleres y campeón del Mundial 1978, dejó atrás su reticencia por las entrevistas y, en «Ciudad de Dios», recordó su profunda conexión con Diego Maradona y repasó anécdotas de emoción absoluta: tan cercano fue ese lazo afectivo que el Diez fue el padrino de una de las hijas de “la Rana” y, muchos años después, jugó en Córdoba el partido homenaje al talentosísimo volante jujeño y símbolo de la T.
En «Ciudad de Dios», conducido por Adrián Ambasch para 351 Deportes, el exfutbolista repasó detalles de distintos tramos de la vida del D10s argentino: se enfrentaron en el debut del Diego en Primera División, fueron compañeros en la preselección para Argentina 1978 –el barrilete cósmico quedó fuera del plantel y la Rana le regaló una de sus camisetas después de ser campeón- y, unidos especialmente por el amor por la música, ya muy amigos para el Mundial 1982.
Sobre el final de la charla, el ídolo albiazul aseguró que, si pudiera repetir un momento con Diego, sería el del bautismo de su hija María Inés, ya que el Diez viajó especialmente a Córdoba y fue parte de una fiesta inolvidable para Valencia y su familia. “Ese día no era Maradona, el ídolo, sino era Diego, el amigo”.
Allí subrayó la inmensa generosidad de Diego fuera del campo de juego y destacó que Maradona le confió alguna vez cuánto valoraba el afecto genuino en lugar de la adulación superficial.
En un tramo destacadísimo del diálogo, Valencia narró la aventura que vivió en 2000 para asegurarse la presencia de su amigo en su partido despedida. La Rana viajó especialmente a Cuba, donde Maradona estaba rehabilitándose, y luego de varios días consiguió finalmente que el Diez abordara el avión rumbo a Córdoba, para estar presente y jugar ese imborrable partido en el estadio Chateau Carreras, luego rebautizado como Mario Kempes.
Asimismo, la Rana se mostró dolido con el entorno que rodeó al Diego en sus últimos años de vida, ya que nunca pudo entender que le pusieran numerosos filtros y le impidieran acercarse a uno de los grandes amigos que le había dado el fútbol.
EL DEBUT DE MARADONA CONTRA TALLERES Y LA AMISTAD EN LA SELECCIÓN ARGENTINA
El 20 de octubre de 1976, Maradona debutó en Primera División. Con la camiseta número 16 de Argentinos Juniors, el Diego ingresó en el segundo tiempo contra Talleres, el equipo en el que brillaba Valencia. “Obviamente que te llamaba la atención: por su físico, por su pelo y obviamente por la habilidad que tenía”, describió el entrevistado.
La cercanía, que luego se transformó en amistad, se forjó dos años más tarde. “Empecé a tener una relación con Diego cuando lo llamaron para el Mundial 78. A mí me gusta mucho la música y a él también. Yo le llevaba cinco años, pero teníamos muchas cosas en común”, detalló.
Allí también narró una charla con el entrenador de aquella Selección Argentina: “Yo le dije a César Luis Menotti: ‘Qué bien juega ese chico’. Y me dijo: ‘Pero él tiene una sola pierna. Usted tiene las dos’. Y le respondí: ‘Mire, si éste tuviera las dos, ¡lo que sería!’”.
Respecto de la cercanía con el Diez, la Rana expresó: “Esa afinidad se dio espontáneamente. Charlábamos mucho, hablábamos de la familia y escuchábamos música. Ese contacto personal con tus compañeros, con tus amigos, hizo que nos quisiéramos tanto, porque conocíamos las familias del otro como si fuéramos parte de ellas”.
Luego, Valencia habló del talento de aquellos primeros años en los que el genio comenzó a frotar la lámpara. “Era increíble lo rápido de piernas, lo veloz que era mentalmente y la facilidad que tenía para estar una milésima de segundo antes que cualquiera. Porque no le podían pegar. En esa época te pegaban de una forma descarada. Era terrible”, explicó. “Nos conocíamos casi dememoria. Y fue hermoso, porque tuve la suerte de jugar con el mejor del mundo”, añadió.
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Después de ser campeón mundial en el Monumental de Núñez, Valencia vivió un momento de gran cercanía con Maradona. Y lo contó en «Ciudad de Dios». “Le pedí permiso a Menotti para irme a Jujuy. Yo no quería estar en los festejos. Quería ver a mi mamá. Yo fui muy ‘mamero’ y tenía 21 años. Me consiguieron dos patrulleros para salir del estadio. Y Diego iba en uno de esos autos conmigo, porque yo le había prometido una camiseta y se la tenía que dar”, rememoró. “Fuimos hasta el hotel, le di la camiseta y después ya no lo vi”, agregó.
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–La música los unió. ¿Qué música escuchaban Valencia y Maradona?
—En los últimos tiempos, a él le gustaba mucho Alberto Plaza. Cuando fui a Cuba a visitarlo, durante su rehabilitación, estuvimos como cinco horas cantando en su habitación. Él me filmaba a mí y yo lo filmaba a él. Tengo eso en unos casetes VHS. En una pared de su habitación tenía pegada una canción que se llama “Amigo” y que había sido muy importante en su recuperación espiritual. Pero volviendo a tu pregunta, nos gustaba todo tipo de música. A él, un poco más lo “romanticón” y a mí, el rock nacional. Pero escuchábamos de todo.
–Jugaban en la misma posición y no tuvieron muchos partidos juntos. ¿Pero cómo era jugar con Maradona, estar en una cancha con Diego?
–Muy fácil. Ya nos conocíamos mucho. Si estabas de espalda, ya sabías que el otro había picado a buscar el espacio. Él siempre hacía eso. Y nos gustaba juntarnos. Para mí fue fácil jugar con él. Había que estar atento, porque miraba para otro lado y te la tiraba “así”. Yo lo entendía perfectamente. Jugamos juntos en el Mundialito en Uruguay y en algunas giras. Después, Diego fue creciendo y yo pasé a ser suplente de él en el Mundial España 1982.
–En el ’82, ¿él sentía mucha presión? ¿Tenía muchos ojos encima? ¿Cómo lo veías en ese Mundial?
–Con tranquilidad, paz, alegría. Nosotros a veces íbamos de gira con la Selección y nos bajábamos y él se quedaba en el avión. Era consciente de todo lo que generaba. Llegó a ser más famoso que el Papa. Él fue muy consciente de todo eso y lo tomó con mucha calma. Son piedras que vas encontrando en el camino y tenés que saltarlas. Y él lo podía hacer.
–Me quedé pensando en lo que nos contabas de las charlas en las concentraciones. ¿Qué significaba la familia para Diego? ¿Qué contaba él sobre Doña Tota, Don Diego, sus hermanas y hermanos?
–Más que hablar, lo vivíamos. Porque muchas veces terminaban las concentraciones de la Selección y nos íbamos a su casa a verla a la Tota y a su papá. En un momento, creo que fue en una Navidad, les regaló un departamento a cada hermano. Y me acuerdo de Don Diego hecho un dandy, con un reloj de oro, un traje maravilloso. Él quería ver a su papá así, agasajarlo, hacerlo sentir especial, igual que a su mamá. Recuerdo también que a veces Don Diego viajaba con nosotros a alguna gira y se reía nada más. Era de poco hablar, pero disfrutaba de verlo a su hijo. Imaginate ese orgullo como papá.
RECUERDOS DE TIEMPOS FELICES: MARADONA, VERSIÓN PADRINO
Así como la Rana le había prometido su camiseta en el Mundial Argentina 1978, Maradona le dijo que quería ser padrino de uno de los hijos del jujeño. Primero nació Daniela. Era mujer. Esperaron. La segunda fue María Inés. También mujer. Y ya no esperaron más por el varón. “Quiero ser padrino de María Inés”, le dijo Diego.
“Vino acá y se hizo una fiesta muy linda en el hotel Crillón, que estaba en la peatonal. Fueron todos los jugadores de Talleres, el presidente Amadeo Nuccetelli, el dueño del hotel…”, empezó a enumerar el entrevistado. “Todas esas cosas fueron alimentando más nuestra amistad, el cariño, el respeto”, se emocionó.
Para Valencia, María Inés comenzó a tomar real dimensión de quién era su padrino con el correr de los años. “A ella no le interesaba como jugador, sino por lo que era como persona. Porque ha visto y vivido cosas muy lindas con él y también con el papá y la mamá de Diego”, explicó.
Sin embargo, tanto la Rana como María Inés sufrieron múltiples barreras para llegar a Diego en sus últimos años de vida. “A ella, como a su papá, no le gustaban los filtros que había para llegar a él. Me molestaba y, a su vez, no quería molestarlo a él. Al último era muy difícil llegar a Diego. Hay gente que se aprovechó de él”, lamentó.
–Después de jugar en España 1982 vino la locura de México 1986 y la explosión de Diego en Italia. ¿Cómo fue evolucionando la relación entre ustedes?
–Nos veíamos cada vez menos, pero con más cariño, más amor. Cuando vos dejás de ver a una persona que querés, lo sentís mucho más. Se fue haciendo más difícil y había muchos filtros. A esas cosas yo no las entiendo. Yo era su amigo. Tenía gente que atendía el teléfono y no te dejaba llegar a él. Obviamente, me dolía. ¡Y no era para pedirle plata, para pedirle nada! Era simplemente para verlo, por el cariño que uno le tenía.
–¿Fue muy duro ver mal a Diego en la última parte de su vida?
–Sí. Me acuerdo que vino como técnico de Gimnasia y estábamos en la pileta de casa y nos llama el secretario y me dice: “Daniel, Diego quiere que vayan a verlo al hotel”. Fuimos. Cuando nos vimos, lloramos. Me acuerdo patente del cariño, cómo la abrazaba a María Inés. Nos abrazaba a nosotros. Se dio cuenta medio tarde de que muchos estaba cerca por otra cosa. Entonces, decía: “Éste es el abrazo y el cariño que yo quiero, así que gracias por venir”. Lloramos un rato. Esa fue la última vez que lo vi. Y después ya no quise ver más nada ni saber más nada sobre el tema de que terminara así, de esa manera. Todavía no lo puedo creer.
–Si pudieras volver a un momento que compartiste con Diego. ¿Cuál te gustaría repetir?
–El bautismo de María Inés, acá en Córdoba, porque estaban mis compañeros, Amadeo, el doctor Kobylanski. Estaban todos felices, contando cuentos, alegres. Ese fue el momento más lindo. Yo lo vi bárbaro. Y éramos jóvenes, obviamente. Estaban todos mis amigos, algunos que ya no están, y estuvo él, que ya no está. Me hubiese gustado tenerlo hoy, a esta hora.
LA AVENTURA DE VALENCIA PARA TENER A MARADONA EN SU DESPEDIDA EN CÓRDOBA
—¿Cómo surgió lo de tu partido despedida y tenerlo a Diego acá en Córdoba? ¿Qué lugar ocupa ese partido dentro de tu vínculo con Diego?
–Yo no soy mucho de las despedidas, los debuts y todas esas cosas. Yo vivo el fútbol de otra manera. Pero soy un agradecido. Y lo único que quería es que él estuviera otra vez acá en Córdoba. Me acuerdo que Diego había presentado su libro en el Hilton de Buenos Aires y yo le dije: ‘Mire, compadre, quiero que usted esté’. Y me dijo: ‘Vaya haciendo lo que sea, yo voy a estar ahí. ¿Cómo no voy a estar?’. Y fue una aventura, pero es muy larga…
–Contala, Daniel. Esas anécdotas son lo más lindo.
–Yo vivía en Bolivia, en Oruro, que está a dos horas de viaje de La Paz. Me fui a La Paz a averiguar cuándo salían los vuelos Cuba. Iba con lo puesto. Llegué como a las 5 de la tarde y me dicen: “Mirá, tenés un vuelo a Cuba hoy a las 12 de la noche. Y después, otro de acá a 10 días”. Y no dudé ni un minuto. Saqué pasaje y me fui así, como estaba. Fui al hotel, a La Padera, y pasaron tres días y no lo podía ver a él. Tenía mucha vigilancia, porque Fidel Castro lo quería mucho y lo cuidaba. Y al tercer día, yo estaba tomando sol, bañándome, y viene un muchacho que medía como 2 metros y me dice: “Señor Valencia, el señor Maradona quiere verlo”.
–Y hacía tres días que estabas en el hotel…
–Fui a verlo, nos quedamos a comer, a charlar. Nos acostamos tarde, porque él no tenía horarios. Podía comer a las 3 o a las 7 de la mañana. Al segundo día que nos vemos, me dijo: “Compadre, ¿usted no trajo ropa?”. ¡Porque yo tenía la misma ropa! Y le expliqué todo. Lo llamó al secretario y le dijo que me diese ropa. Estuve 10 días para traerlo y venirnos a Córdoba. Un día pasaba una cosa, otro día pasaba otra. ¡Pero lo logré! Por los nervios, bajé como 4 kilos en ese viaje.
–¿Cómo fue ese vuelo de Cuba a Córdoba?
–El avión esperó a Diego, a todos nosotros. Fuimos de ahí a Panamá. Llegamos teníamos que bajarnos para tomar otro avión. Nos bajamos y un japonés lo reconoció. Y dijo: “Maradona”. Y empezó a aparecer gente. Lo seguían 10, 20, 30, 50, 200. Y pum, nos metimos a un VIP. Y yo me quedé atrás. Y él me gritaba: “Compadre, compadreeee”. Jamás pensé que iba a ver eso. Pero bueno, llegamos.
–¿Te acordás de tenerlo en el Chateau? ¿Cómo fue ese día? ¿Cómo fue volver a jugar con él y vivir un momento especial?
–Sí, obviamente. Nos hizo sufrir, porque teníamos que llegar el viernes, para la publicidad, y llegó el domingo, sobre la hora del partido. Me acuerdo que fuimos a la casa de un amigo mío a comer y de ahí nos fuimos al estadio. Fueron momentos difíciles pero hermosos a la vez, porque tenerlo ahí, que la gente esté contenta, aparte jugó bien, como siempre, pese a estar con unos cuantos kilos de más. Fue lo más lindo que me pasó futbolísticamente, porque después de tanto tiempo que no nos veíamos, compartí con él esos días y jugamos juntos. La pasamos bárbaro.




